jueves, 19 de mayo de 2011

Rumores

Jackelyn estaba, como de costumbre, sentada en aquel banco alejado y escondido que siempre acaparaba en la hora de los recreos. Sujetaba entre sus finos dedos un cigarro, ya por la mitad, que fumaba tranquilamente sin preocuparse de las miradas indiscretas que le echaban los demás estudiantes que pasaban a su alrededor. No era por el cigarro, no; ella lo sabía bien. Desde que cruzó la puerta de su clase, mejor dicho, desde que se aproximaba a la entrada del instituto, todas las miradas iban dirigidas hacia ella. Se había corrido la voz, cosa que a Jacky le agradaba. Unos la felicitaban con silenciosas miradas; otros, la fulminaban con la misma. Haciendo caso omiso a qué tipo de mirada era la que se cruzaba con ella, no perdía su sonrisa triunfal: se sentía orgullosa de su arriesgada hazaña.
Mientras le daba las últimas caladas a su cigarrillo, notó que alguien la observaba. Por un momento creyó que sería Alex y empezó a sentir una sensación de asfixia en el pecho. Se atrevió a girar un poco la cabeza y vio que su admirador secreto era un chico de unos diecisiete años, moreno, de ojos marrones verdosos según creyó observar y no parecía tener mala pinta. Sonrió para sí, pasando la boquilla del cigarro por sus labios de manera provocativa. El tipo se levantó y se acercó a ella cuando tiró la colilla al suelo.
-¿Puedo? –preguntó el extraño mirando a Jacky.
Ella se encogió de hombros y el muchacho se sentó no muy lejos de ella.
-¿Son ciertos los rumores que circulan sobre ti, pequeña Jackelyn?
-¿Qué rumores, gran desconocido?
-Matt –corrigó él.
-Al grano.
-¿Dejaste con el calentón a Alex la otra noche, tigresa?
-Si ya te lo ha contado él, ¿para qué coño preguntas?
-¿Quién te dijo que me lo contó él?
-Tigresa.
-Chica lista… -se quedó pensativo.
-Amenázame, mírame mal y vete, estoy ocupada.
-¿Con qué?

-Contigo desde luego no –le cortó ella.
-Bueno, vale, ya me voy. Sólo quería decirte que si de verdad eres tan fogosa como dice tito Alex, me gustaría probarte alguna noche.
-¿Y no te dijo tito Alex que soy propensa a parar cuando noto que no voy a ser bien rellenada? –se burló ella.
Matt se rió escandalosamente.
-Tranquila, Cenicienta, el hecho de tú lo tengas excesivamente estirado no quiere decir que no vuelva algún día su forma –le dio un pellizco en la mejilla y se fue sin volver la vista.
-¡Idiota! –gritó ella, furiosa.
Poco después sonó el timbre que anunciaba el final de su escaso tiempo de libertad. Al levantarse del banco, su pie se topó con algo ligeramente más duro que la tierra que había allí. Lo levantó y se encontró un papel.
-Debe de ser del simpático de antes –se dijo.
Lo cogió.
Pequeña Jackelyn, no te tomes en serio mi bromita de antes, ya la traía preparada y... bueno, ya sabes. Tercera planta, pasillo de la derecha, 1ºB. Hoy salgo una hora tarde porque tengo que quedarme a una clase de recuperación. ¿Te viene bien esperarme?Al final de la nota había un número escrito, supuestamente, el de aquel tipo. Estrujó la nota entre sus dedos y la tiró al suelo, aún más irritada que antes. Avanzó hasta el árbol que ocultaba aquel banco solitario y se paró al ver al tipo apoyado en la pared de la puerta de entrada al edificio. Decidió, pues, que inglés se lo tenía más que sabido y que no tenía prisa por entrar. Retrocedió despacio y se sentó en el banco mientras se guardaba en el bolsillo un arrugado trocito de papel. Sonrió.

jueves, 6 de enero de 2011

Un año impar que promete

La energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Aunque yo más bien cambiaría la palabra energía por sentimiento.

Corazones que sienten y padecen de una manera distina dependiendo del momento en que se encuentren, pero que no dejan de sentir.

sábado, 2 de octubre de 2010

Pero esta noche, moriría por vos

-Vamos, mi niño, a perder la cabeza.
Le dedica la más grande de sus sonrisas antes de perderse de nuevo en el perfume de su cuello. Hunde los dedos en sus débiles rizos y los acaricia, bajando luego por su nuca, sabe que eso le vuelve loco. Él se dedica a masajearle la espalda, con aire tranquilizador.
-¿Sabes? He pensado que esta noche no quiero dormir. Es más, tampoco voy a dejar que lo hagas tú. Quiero que pasemos la noche más especial de nuestra vida.
-¿Estás loco? ¡Mañana hay clase! Y tú llevas mucho sin pasar una buena noche.
-¿Y? ¿Qué hay de malo en querer pasarme toda la noche al lado de mi pequeña Amélie?
-Puedes hacerlo igualmente durmiendo.
-No, que te mueves y a saber cuán lejos acabas de mí.
-Pero si la cama no mide ni dos metros de ancho, gordo.
-Me da igual, no quiero separarme de ti ni medio centímetro.
Be suspira. No puede negarle nada y él lo sabe, pero no va a dejar de darle vueltas a su sentimiento de culpabilidad por hacer que pase la noche en vela.
-¿Por qué no me pediste esto ayer? Era sábado y hoy podrías descansar.
-Pero ¿qué más da? Lo bueno de la vida son las acciones espontáneas, las que ni uno mismo se espera. Déjame hacerte pasar la noche más maravillosa de tu vida.
Antes de que le pueda replicar, él la detiene con un beso lento, intenso, parecido a los que se hacen a cámara lenta en los cines pero sin atrasar los segundos para que pasen más despacio.
-Y luego soy yo la que hace contigo lo que quiere, ¿no? -alza una ceja, sin poder reprimir esa sonrisa estúpida que hace ver a todos el grado de locura que tienes por esa persona.
-Es que me tienes ganado, pequeña sonrisa de Amélie.

Lo más bonito de la noche, sin duda alguna, es el brillo de la luna cuando las nubes le dejan paso. Esa noche, sin embargo, dos cuerpos queriéndose con locura le quitan el protagonismo. Aunque parece que a ella no le importa, porque despliega toda su luz sobre el claro donde se encuentran los dos trasnochadores. La toalla donde estaban tumbados se ve ya muy lejos de ellos, no quiere robarles intimidad. La ropa que llevaban, tímida, se oculta entre los desniveles de hierba que aún los jardineros no arreglaron. Pero a ellos les da igual. Como bien dice la canción, la mejor marca de ropa que conozco se llama tu piel.